El estrés forma parte de la vida y es lo que nos hace ir desarrollándonos, aprendiendo y adaptándonos a lo que sucede.

Así, desde que comienza nuestra existencia, a través del estrés, incorporamos recursos en nuestro interior que nos permitirán acercarnos a lo que deseamos y alejarnos de lo que tememos.

Al hacerlo vamos interiorizando los mecanismos adecuados para vivir y adquirimos confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad de llevar adelante nuestra vida.

Aprendemos a cuidar de nosotros, a relacionarnos con los demás y con lo que nos rodea, a sentirnos valiosos y queridos, aprendemos a tolerar la frustración: 

Crecemos.

Si todo va bien, esa seguridad hará que nos autorregulemos bien frente a la mayor parte de lo que nos suceda. Sabremos distinguir una situación normal de otra más peligrosa, las emociones que despleguemos frente a lo que pasa estarán en relación a nuestra adecuación y posibilidades.

Pero… ¿y qué sucede si no hemos aprendido bien y aspectos cotidianos del día a día los vivimos con temor o algo en nuestra experiencia ha dejado una huella de miedo o dolor intenso en nuestra vida?

Si eso pasa, si vivimos con mucho temor ir por la calle, entrar en una tienda, conocer a personas nuevas, hacer un examen, ser merecedores de ser queridos, capaces de encontrar pareja… si no sentimos que podemos aprender un nuevo trabajo, si no soportamos que algo no sea lo que esperamos, si todo tiene que ser perfecto para que podamos estar tranquilos y sin miedo, si no nos atrevemos a decidir, si nos pasamos el día rumiando sobre el pasado y preocupados por el futuro sin poder estar en el presente… entonces viviremos muchos aspectos de nuestra vida y de nuestro día con un sobre-estrés mantenido que acabará siendo ansiedad  y que nos llevará a sentirnos infelices afectando finalmente nuestra salud.

Si la franja de situaciones en la que nos sentimos seguros es pequeña y sin embargo hay muchas ocasiones en el día en las que sentimos miedo, angustia, rechazo,  soledad,... vividas además por nosotros con ansiedad, buscaremos algunos oasis de tranquilidad para poder dejar de sentirnos mal: el alcohol, las pantallas, las drogas, la pereza, la soledad…-   los anestésicos que nos permiten, en un principio, vivir una aparente calma y que acaban siendo otra fuente de angustia. Todo empieza a ir mal.

Es necesario comenzar a caminar de otra manera y aprender a autorregularnos, a cuidar de nosotros: valorarnos, deshacer los nudos que algunas experiencias traumáticas nos hayan podido causar, dejar a un lado esos hábitos poco saludables y aprender nuevos recursos, saber que la vida no es perfecta y no siempre las cosas salen como se pretende… vivir sin miedo y sin analgésicos. 

Vivir en paz, en el presente, con confianza en nosotros mismos, aprendiendo,  sintiéndonos incondicionales con nuestra propia vida, compasivos con lo que nos pueda doler, aceptando la realidad sin juicios, queriendo y sintiéndonos queridos, reconociendo  cada día los posibles momentos de alegría… para que  con todo este almacén seamos capaces de abordar con calma aquellas situaciones más complicadas a las que tengamos que saber adaptarnos.

Publicado: 27 de Julio de 2015 a las 12:53